Para R.F. con todo mi cariño.
En 1986, la que esto escribe comenzó con toda seriedad su vida nocturna de la mano de su madre y su tía, en pleno mundial de futbol. Todos los días había fiesta. En todos los semáforos nos bajaban a bailar. Así conocí el bar Perro Andaluz de la Zona Rosa. No recuerdo si según el calendario escolar ya estábamos de vacaciones, porque de todas maneras no fui. Solo recuerdo al día siguiente los chilaquiles picosos desde las 11 am. Todos los días.
Cuarenta años después, México volvió a ser una fiesta. Y el país respondió con todo, como cuando tiene algo genuino que celebrar. Más de 400 mil personas (o según la conveniencia política, dicen que hasta un millón) se volcaron en el Ángel de la Independencia y el Paseo de la Reforma. Cantaban La Chona a falta de bocinas suficientes. Banderas por todas partes. Lluvia encima, pero nadie se iba. Con esos precios exorbitantes, la FIFA nos quitó el estadio, por eso tomamos la calle. Esas imágenes, que recorren el mundo, dicen algo que ninguna encuesta de satisfacción gubernamental podría medir. Somos un país que tiene hambre de alegría. Un hambre vieja, acumulada y desesperada. Cuando nos dan aunque sea un poquito, nos lo devoramos.
Porque México es eso. Llevamos décadas administrando el dolor con humor y el miedo con fiesta. Celebramos con una intensidad directamente proporcional a lo triste que estamos el resto del tiempo. Que necesitamos un gol, una victoria o cualquier cosa que justifique salir a la calle sin que la razón sea una desaparición, una marcha o un pliego petitorio. Somos un pueblo que festeja como si no hubiera mañana, porque para muchos, no lo hay.
Y se nota con los índices delictivos de este junio. Las estadísticas de homicidios marcan los niveles más bajos en años. El gobierno lo festeja con conferencia, gráficas y tambores. Cincuenta homicidios diarios, dice El Delfín, como si cincuenta fueran casi nada. Cincuenta familias de luto, todos los días. Pero sí, en términos relativos es el número más bajo desde hace una década. La hipótesis que nadie en Palacio se atreve a decir es la más lógica. Hasta los malos andan de fiesta. El crimen organizado también tiene televisión y ganas de felicidad. También tiene la camiseta verde. También tiene ganas de que México llegue a cuartos.
Y qué tal los que gobiernan este país que aprovechan la euforia mundialista para lo suyo. Muchas candidaturas se negociaron mientras estaban escondidos en palcos del Azteca para que la prensa no los viera. Los legisladores de Morena ahora abandonan sus curules a media legislatura porque quieren algo con más presupuesto y poder. La lealtad al pueblo, ese concepto tan invocado en sus discursos, dura solo mientras aparezca otro cargo más apetecible. La Transformación se parece cada vez más a lo que criticaba, una clase política que se mueve sola, para sí misma, hipócritamente con la verde puesta.
Pero qué importa. México ganó. Mañana hay más partidos. Y mientras el Ángel se siga iluminando y La Chona siga sonando, nadie va a pedir cuentas. Para eso está el futbol. Y para esto, exactamente para esto, sirve la felicidad…
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