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Los tontos útiles

Era una mañana de esas que derriten las ideas, en pleno Paseo de la Reforma, justo afuera del Senado de la República. Un reportero decidió importunar, porque para ellos eso es, a los senadores Adán Augusto López y Gerardo Fernández Noroña con algunas preguntas. Nada extraordinario. Nada violento. Nada distinto a lo que ocurre en una democracia. Preguntar. Insistir. Confrontar. Pero el poder en México ya perdió la costumbre de ser interrogado y ambos empezaron a tratar cualquier cuestionamiento como una agresión personal.

Los dos legisladores reaccionaron exactamente como reaccionan quienes llevan demasiado tiempo viviendo rodeados de aplausos y protección. Enojo. Fastidio. Y entonces la huida. Esa mezcla de irritación y desprecio que aflora cuando alguien les rompe la burbuja del autoelogio permanente. Durante años construyeron un ecosistema donde la crítica era traición y la duda, una conspiración. Hoy cualquier micrófono ya les parece una emboscada.

Pero lo verdaderamente interesante no estaba ahí. Estaba alrededor.

Porque mientras el país intenta entender qué demonios pasa con ciertas investigaciones y ciertos nombres cada vez más incómodos, el morenismo volvió a activar a sus personajes más fieles. Los tontos útiles. Esa gente ruidosa que cree estar defendiendo una transformación histórica cuando en realidad apenas sirve como aparato de griterío emocional del régimen. Ellos responden al mundo para que no se molesten los de arriba.

En el Congreso de Morena hubo militantes gritándole a Rocha Moya un indignante “¡No estás solo!”. La escena fue irreal. Algunos coreaban convencidos. Otros observaban con cara de extrañeza, como sin querer tener nada que ver con el asunto. Como ya es costumbre en el deslinde morenista.

“No estás solo”.

Qué frase tan noble cuando acompaña a víctimas. Qué sospechosa cuando aparece como blindaje automático frente a cualquier escándalo.

Y cuando llegó al podium la nueva dirigencia partidista, empezó de nuevo el desastre. Ariadna Montiel dijo el discurso equivocado en tiempo récord. Habló de unidad, de proyecto, de pueblo, de adversarios. Mencionó todo menos lo único que importaba. Decir mucho para no decir nada lleva en Morena el rango de virtud partidista.​​​​​​​​​​​​​​​​ Antes de que el polvo bajara, ya estaba instalada en el reflejo pavloviano del movimiento. Arropar. Defender. Victimizarse. Invocar la soberanía. De rendición de cuentas, nada. Nunca.

Mientras tanto, La Suplente parecía atrapada entre la necesidad de diferenciarse y el miedo de contrariar al aparato entero. No termina de encontrar la manera de gobernar sin pedir permiso emocional o perdón privado. Cada crisis la administra viendo primero hacia atrás y después hacia el sureste.

Así es como llega lo inevitable. Tuvo que intervenir el líder moral desde su retiro tropical. Como emperador exiliado que escucha gritos de ayuda y baja en bata a recordarle a todos quién manda realmente.

Entonces parte del plan es usar a los tontos útiles. Los que justifican todo. Los que convierten cualquier crítica en complot. Los que gritan “no estás solo” antes siquiera de saber de qué habría que defender a alguien. Los que creen participar en una revolución cuando apenas están haciendo control de daños sentimental. Los que insultan, se radicalizan y compiten en devoción, sabiendo en el fondo que al final la tienen perdida, porque ni la Transformación se hará cargo de ellos.

El verdadero problema de los tontos útiles no es que defiendan lo indefendible. Es el entusiasmo casi religioso con el que lo hacen. No preguntan. No dudan. No investigan. Aplauden. Corean. Se indignan contra el mensajero y no contra el delito. Y entre consignas, porras y políticos ofendidísimos por ser cuestionados, terminan siendo lo único verdaderamente indispensable para cualquier poder que empieza a pudrirse. Gente dispuesta a seguir gritando “no estás solo” mientras ese mismo poder, sin mirarlos siquiera, salva al criminal, lo premia con un exilio millonario y a ellos los abandona a su suerte.​​​​​​​​​​​​​​​​..

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