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Los modales

La política siempre tuvo sus rituales. Algunos más superficiales, pero cumplían con la función de contener. Eran el dique entre el ejercicio del poder y su desbordamiento. Cuando ese dique se rompe, es señal de que algo se perdió y no fue accidental. La forma dejó de ser la herramienta y se volvió estorbo.

“Los modales son para no exhibirse, no para lucirse”, decían las mamás con esa claridad que desarma cualquier teoría política. Porque al final los modales no eran un adorno de sobremesa. Eran el límite, la forma de contener el impulso, de no hablar de más y de no parecer locomotora desbordada. Eran el recordatorio de que el poder sin filtro, se vuelve abuso o chiste. Y es justo así, porque la ausencia de protocolo y la exhibición constante, solo evidencian un poder sin freno. Como si gobernar fuera desbordarse. Como si la falta de modales fuera prueba de autenticidad y no la evidencia de su incapacidad para sostener el peso del cargo, sin atropellar todo en el intento.

Los modales de la Transformación consisten en lo contrario a gobernar. Interrumpir en lugar de escuchar. Burlarse en lugar de responder. Descalificar en lugar de explicar. Convertir la grosería en el sello personal y la falta de educación en gesto de autenticidad. Como si la vulgaridad e ignorancia hablaran de la cercanía con el pueblo y no del simple desprecio por cualquier interlocutor. Ya no se cuidan las palabras porque ya no les interesan las consecuencias. El mensaje es que no se le tienen que rendir cuentas a nadie.

Nada ilustra mejor la falta de formas como lo que hicieron con el INE. Era la única institución que le pertenecía al ciudadano, la que no dependía del favor del poder sino de su contrapeso. La tomaron, la doblaron y la ajustaron a su medida. Sin debate, sin argumento creíble, sin ni siquiera el esfuerzo de convencer. Como si la legitimidad fuera un trámite prescindible. Y lo es en esa lógica, cuando la opinión pública deja de ser el límite y se convierte en ruido blanco. Ya no hay nada que justificar. Si protesta, se le ridiculiza. Si insiste, se le desacredita. Y si persiste, se le ignora.

Y no es que la oposición no se indigne, eso es solo parte del libreto de siempre, donde nunca pasa nada con ellos. Lo interesante es que esta subida de tono empieza a incomodar a los propios. El Partido Verde, experto en acomodarse sin hacer olas, comienza a resentir el costo. Por mera supervivencia, porque la convicción la dejaron en los otros pantalones. Porque incluso los aliados entienden cuando la estridencia deja de sumar y empieza a restar. Cuando el ruido exhibe y exige una nueva estrategia para no hundirse junto con ellos.

Tal vez por eso el poder insiste en endurecerse. Porque sabe que la forma también contenía. Que había límites implícitos que hoy ya no existen. Y entonces apuesta por la fuerza, por el volumen y por la repetición. Por el castigo al ciudadano. Como si gobernar fuera imponer una versión por no poder sostener una realidad. Como si el desgaste no existiera. Como si el hartazgo de la gente no comenzara a escucharse fuerte.

Porque cuando el poder pierde la forma, ya perdió el fondo.

Y cuando además se evidencia la pérdida de la mínima decencia, está exhibiendo la falta de carácter y el vacío de autoridad. Total, porque si fueran otros tiempos, hubieran recibido un buen jalón de orejas por seguir hablando con la boca llena…

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