Juan Pablo García Moreno
En julio de 1980 la Orquesta de París llegó a Buenos Aires para dar una serie de conciertos en el Teatro Colón. Los preparativos comenzaron con años de anticipación; la presidenta del Mozarteum Argentino viajó a Francia para invitar en persona a la Orquesta. En el Quai d’Orsay lo vieron como una oportunidad. Fueron los años del “Proceso de reorganización nacional” —o, mejor dicho, de la dictadura cívico-militar en Argentina— y el gobierno de Giscard d'Estaing, si bien de manera discreta, no había parado de surtir armas a los militares. Quizá era buena idea mostrar otro tipo de cooperación. La invitación fue aceptada.
Inmediatamente comenzaron las complicaciones. La Asociación Internacional Víctimas de la Represión en el Mundo condenó la gira en un comunicado: “Los músicos de la Orquesta de París no pueden ignorar que van allá a sentarse en las sillas vacías de los músicos argentinos desaparecidos, y que se les hará tocar música para cubrir el silencio de la muerte”. Por si fuera poco, el director argentino Daniel Barenboim no había vuelto a su país en 20 años; para la dictadura era, en estricto sentido, un desertor del servicio militar y como tal sujeto de arresto. El embajador francés en Argentina, el extenista profesional Bernard Destremau, se comprometió a conseguir las garantías necesarias.
A su arribo a Argentina, la incógnita sobre la postura política de la Orquesta abrió las divisiones. Entre los músicos y su director —Barenboim no dio entrevistas en toda la gira—, y entre los propios músicos —algunos cercanos al Partido Comunista Francés, otros de moral más bien petainista. Pero también en el interior de la dictadura. El Ejército y algunos ministros civiles como Martínez de Hoz vieron una oportunidad de validación internacional; la Fuerza Aérea, responsable de la Cancillería, de la municipalidad de Buenos Aires y del Teatro Colón, se mostró más cauta y desconfiada de los franceses. El almirante Massera, por su parte, observó una coyuntura propicia para recuperar algo de la influencia perdida —y movilizar a la prensa que le era afín para conseguirlo.
La situación se tensó. Hubo desavenencias diplomáticas, filtraciones indiscretas, encuentros clandestinos con las Madres de Plaza de Mayo. A la víspera del cierre de la gira, la Orquesta y su director fueron acusados de antiargentinos. Sólo quedó un concierto. Algunos críticos propusieron a los asistentes no aplaudir. El 16 de julio, sin embargo, Daniel Barenboim y la Orquesta de París interpretaron la Quinta sinfonía de Gustav Mahler en el Teatro Colón.
Leo la historia en Música, dictadura, resistencia. La Orquesta de París en Buenos Aires (FCE, 2016), del musicólogo argentino Esteban Buch. En él, el autor reconstruye un concierto del que no existe grabación alguna y, al aproximarse a esa oquedad, se cuestiona sobre el significado extrapolítico de interpretar y escuchar la Quinta de Mahler en la Argentina de la dictadura.
Buch nos recuerda que, para Adorno, la marcha fúnebre —Trauermarsch— con la que inicia la sinfonía “gesticula, eleva un grito de espanto ante algo peor que la muerte”. ¿Qué implica escuchar esta obra en un país gobernado por quienes promueven que “el silencio es salud”? Para esbozar una respuesta, el autor analiza el potencial de significación de la obra, es decir, cómo se relacionan los tópicos identificables en la sinfonía con el contexto de la dictadura militar. Los resultados son fascinantes. Tanto músicos como miembros del público coinciden en que no pensaron en una interpretación extramusical: la sinfonía los emocionó en sí misma. Pero igual de innegable fue la importancia política del concierto, que exhibió las fisuras entre la élite gobernante y terminó con la ilusión de que el Teatro Colón —y la música que acoge— era un espacio disociado de la vida pública y el ejercicio del poder.
Coda
Hay dos versiones recientes de la Quinta de Mahler que me parecen notables. La primera, que vale la pena evitar, es la de Andris Nelsons y la Filarmónica de Viena en Deutsche Grammophon. La segunda, con Paavo Järvi al frente de la Tonhalle de Zurich para el sello Alpha Classics, es estupenda. Dirigida con precisión e inteligencia, y muy bien grabada, es un gran punto de entrada para quienes desconozcan la obra y una interpretación de interés para quienes ya estén familiarizados con ella.
*Juan Pablo García Moreo. Periodista y editor.
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