Salían los dos, papá y mamá, antes de que amaneciera, dejando la casa en silencio y a los hijos en una rutina que no eligieron. Si bien les iba, se quedaban con la abuela; si no, uno terminaba cuidando al otro, comían lo que había —a veces mal, a veces tarde— y hacían la tarea como podían, mientras la atención y el acompañamiento se volvían un lujo que no alcanzaba. Del otro lado estaban las jornadas largas, de 10, 11, …
