Militarizar el lenguaje. Suena tan ridículo y trágico como la proscripción por décadas del Partido Comunista -una matriz del actual partido/Estado- por sus vínculos con Moscú. O como la represión estudiantil de 1968 porque los jóvenes estarían movidos por la Tricontinental, desde La Habana. O como la descalificación del antiguo PAN por su afinidad con la Iglesia católica y el supuesto de su dependencia a una potencia extrajera: el Estado Vaticano. Se aproxima al lenguaje de guerra fría y del macartismo. Y guarda mayor parecido con el lenguaje del código de justicia militar, que, con una normatividad de carácter electoral.
Aberrante. Se trata de la iniciativa agendada para el periodo extraordinario del Congreso, que se inicia este martes, para anular elecciones cuando, a pesar de todo, gane la oposición y el Tribunal Electoral, al servicio del régimen, califique de intervención extranjera, por ejemplo, los debates de la esfera pública global y aludan a la corrupción, las arbitrariedades y a las ligas criminales de los candidatos y otros exponentes del régimen. Es decir, cuando aparezcan, en tiempos de campaña, reportajes de la prensa mundial o reportes y declaraciones internacionales alusivos a la ausencia de libertades y derechos democráticos y de frenos y contrapesos al poder absoluto. A esta aberrante interpretación de un tribunal sumiso se presta la redacción de esta iniciativa.
Partidos sin relaciones internacionales. En el Ejército se prevén sanciones para el personal que entable relaciones con individuos “al servicio del enemigo exterior”. Pero esos preceptos son imposibles de encajar en las reglas de la democracia. El fraseo de la iniciativa parecería ver “enemigos del exterior” en actores políticos internacionales. De aprobarse esta legislación xenófoba, acabaría además con las relaciones internacionales de los partidos. Salvo del oficial, claro. Vamos al aislamiento y la paranoia propios de las dictaduras.
Recomendar Nota
