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Sin IA propia, México seguirá pidiendo permiso para pensar

La semana pasada aprendí una lección incómoda: en la era de la inteligencia artificial, pesó mi nacionalidad. No importó pagar por el servicio ni usarlo para trabajar. Bastó una decisión administrativa tomada en Washington para recordarme que el acceso a las herramientas tecnológicas más poderosas sigue siendo una concesión.

La analogía con mi experiencia ayuda. Para quienes crecimos entre bibliotecas y calculadoras científicas, las HP-35 y HP-65 cambiaron la escala de lo posible: resolvían en segundos lo que antes exigía horas con la regla de cálculo. No sustituían la inteligencia. La multiplicaban. La inteligencia artificial generativa cumple hoy una función semejante. No reemplaza al analista ni al investigador. Da más capacidad de leer, comparar, sintetizar y argumentar. Con los modelos más avanzados nos permite pensar, mejorar lo que ya tenemos y trabajar con otra amplitud.

Por eso la suspensión del acceso debe leerse como algo más que un incidente tecnológico. Es una señal política. El Departamento de Comercio de Estados Unidos envió una carta a Anthropic, ordenándole suspender el acceso a sus modelos más avanzados, Claude Fable 5 y Mythos 5, para todo extranjero, dentro o fuera de territorio estadounidense. Anthropic, incapaz de verificar la ciudadanía de cientos de millones de usuarios en tiempo real, optó por deshabilitar estos modelos para todos. Con esa decisión se redefine el acceso a la frontera del conocimiento, y la hizo pasar por la nacionalidad.

La exclusión ya le hemos vivido, ahora es de otra forma. En los años 60 y 70, los mejores trabajos en primaria, secundaria y preparatoria los lograbas si tenías acceso a una buena enciclopedia o la a calidad de la biblioteca y laboratorios de tu escuela. No había menos talento en una universidad pública latinoamericana que en una Ivy League. Había menos acceso. Esa diferencia reprodujo brechas de desarrollo durante generaciones. La orden del Bureau of Industry and Security muestra que esa lógica no desapareció. Se actualizó. El criterio de exclusión ya no es solo el ingreso familiar. Es la nacionalidad.

Yanis Varoufakis lo advirtió en Tecnofeudalismo: la tecnología digital no necesariamente democratiza el conocimiento. También puede concentrarlo. Las grandes plataformas controlan infraestructura, datos y acceso. El mercado deja de ser abierto y se vuelve una concesión administrada por los nuevos señores feudales. Los demás, incluye a personas y empresas, quedamos como usuarios tolerados. Vasallos con contraseña. Y ahora sabemos que esa contraseña puede cancelarse con una carta.

El episodio desnuda una ausencia mexicana. El país debió construir hace años una apuesta nacional de inteligencia artificial: modelos propios, masa crítica científica, infraestructura computacional, talento para competir en la frontera del conocimiento. Eso exige una alianza seria entre capital privado, UNAM, IPN y Estado. Las grandes empresas mexicanas operan sobre infraestructura que el Estado concedió, mercados que protegió y espectro que la nación otorgó. La pregunta es inevitable: ¿qué han devuelto en capacidad tecnológica soberana?

Esa responsabilidad es compartida, y el Estado no escapa a ella. Un gobierno con visión estratégica trataría la IA de frontera como asunto de seguridad nacional. Mientras eso ocurre, Brasil desarrolla modelos propios, Corea del Sur coloca la investigación de vanguardia en el centro de su agenda de competitividad futura y los Emiratos construyen infraestructura de cómputo soberana. Mientras tanto, en México la energía institucional del país —cuyo control tiene la jefa de Estado— se está desviando por temas que ya teníamos superados como cumplir con los tratados de extradición. La soberanía que importa en el siglo XXI no es la de monopolizar con paraestatales el petróleo y la electricidad. Es la del conocimiento. Y esa la estamos perdiendo.

Sin una estrategia propia, la próxima restricción no será una sorpresa. Será una repetición. Volveremos a descubrir, tarde, que dependíamos de una puerta que no controlábamos. La nacionalidad no debería funcionar como contraseña para pensar. Mientras México no construya capacidades propias de inteligencia artificial, seguirá dependiendo de que otros decidan cuándo y hasta dónde puede usar la inteligencia de su tiempo. Eso es una nueva forma de subordinación.

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