Mientras millones de personas pasan horas atrapadas en el tráfico, esquivan baches, soportan estaciones del Metro saturadas y deficientes en su operación, padecen calles oscuras o viven con el miedo de la inseguridad cotidiana, el gobierno de la Ciudad de México parece haber encontrado una prioridad distinta: pintar la ciudad de morado y llenarla de ajolotes, como si la realidad pudiera taparse con una cubeta de pintura. La obsesión por convertir la ciudad en una enorme campaña visual es tan …
