La opción es comportarse como jefa de Estado –así sea, ¡ay!, un Estado que ha dejado de ser democrático y en el que la división de poderes es ahora una entelequia–, o como jefa de una mafia de malandrines coautores, cómplices o encubridores de los grupos criminales que extorsionan, despojan, secuestran, torturan, perpetran desapariciones forzadas, trafican con sustancias prohibidas y asesinan. ¿De qué lado está su lealtad? Pruebas, sí, toda acusación debe sustentarse en pruebas, esas que no han sido …
