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La mancha

En la Transformación se dice que, si se ve como mancha, huele a mancha, se extiende y daña como mancha, no es mancha. Y si es mancha, es mera provocación.

Porque petróleo tiene esa mala costumbre de flotar. De expandirse. De dejar evidencia. No entiende de discursos ni de conferencias. No coopera. No se hunde. No se disciplina. Es necio, como lo evidente.

Es otro logro que parecía imposible hasta para la Cuarta. El no limpiar, contener o prevenir el derrame en el Golfo, es la sofisticación de su método. Lo quisieron volver solo anécdota. Igual que la asoleada en una ventana de Palacio.

Porque cuando el petróleo aparece en el mar, pesado e imposible de ignorar, usan el recurso de decir que no es para tanto. Que está controlado. Que son unas gotitas. Que no exageremos, por favor. Como si el problema fuera el tono y no el daño.

Gobernar con los otros datos es el método de la anomalía misma. Una forma de administración pública donde la evidencia compite contra la versión oficial y siempre pierde. No porque sea menos contundente, sino porque es menos conveniente.

Incluso con los “neoliberales” mentir tenía costo. Un dato incorrecto implicaba explicaciones y hasta renuncias. Hoy solo basta con repetir otra cifra con otro encuadre, o un periodo acotado a conveniencia. Es como cambiarle el filtro a una foto. La realidad sigue ahí, pero se ve distinta y así les es suficiente.

Su asunto nunca es el daño. Es la narrativa del daño.

Porque una mancha en el mar puede limpiarse. Lo que no se limpia fácil es la costumbre de minimizarlo todo. De convertir cada crisis en un asunto de percepción. De suponer que, al crear la duda, entonces el problema no existe.

Pero sí existe.

En España en 2002, el desastre ecológico fue brutal. El hundimiento del petrolero Prestige cubrió kilómetros de costa con chapapote. No hubo forma de negarlo. Llegaron voluntarios y recursos. Muchos recursos. Se actuó con la urgencia que impuso lo visible. Porque cuando el petróleo llegó a la orilla, ya no hubo margen para discursos matizados.

Pero en México hemos perfeccionado otra técnica. Tomar distancia sin hacer la chamba. Si la mancha no se ve de cerca, entonces cabe en un comunicado. Y si cabe en un comunicado, cabe en una versión. Y si cabe en una versión, cabe siempre en los otros datos.

La naturaleza no tiene vocero. Y el mar tampoco vota. Ni los peces o pelicanos. Así que no importan.

Por eso resulta tan cómodo administrarlos como si fueran conceptos y no ecosistemas.

Pero el daño ahí sigue como evidencia.

Y nosotros cada vez más acostumbrados, mirando cómo todo se vuelve su versión.

Porque al final, ya ni siquiera tratan de ocultar el desastre. Solo lo administran con palabras. Lo diluyen en declaraciones. Confían en que si se repite lo suficiente, la realidad ceda.

Pero no cede.

El problema es tener la costumbre a la mentira.

Porque parafraseando al dueño aquel de los otros datos, ahora sabemos que en México cuando el crudo flota, la verdad siempre se hunde…

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