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Al garete

Históricamente, América Latina ha vivido entre bandazos ideológicos: del nacionalismo al desarrollismo. Los populismos, pasando por las dictaduras militares a las democracias liberales. Del consenso de Washington a las mareas rosas y, ahora, de vuelta hacia la derecha. Pero no cualquiera, sino a la autodenominada extrema. Argentina, Chile, Colombia, Perú y ocho países más, todos gobernados hasta hace poco por perfiles progresistas, hoy están en manos de liderazgos que no solo se identifican como de derecha, sino que enarbolan esa identidad como un estandarte de ruptura total.

México y Brasil, los dos motores económicos de la región, quedan como los últimos bastiones de aquella izquierda tradicional que parecía imparable hace apenas cinco años, pero que con la profundización del descontento social a raíz de los estragos económicos provocados por la pandemia del Covid-19 ha sido desplazada.

En el mundo actual, en el que la Casa Blanca traza una línea muy clara entre quienes son amigos y enemigos, se requiere de aliados. Sin embargo, la lista de México cada vez es más reducida. Solamente en el último año, hemos vivido la ruptura de relaciones diplomáticas con Perú, después de haberle otorgado asilo a la ex primera ministra Betssy Chávez; el desgaste con Argentina y su presidente, Javier Milei, entre acusaciones sobre una supuesta campaña "antiargentina" y la eventual decisión mexicana de rechazar las credenciales del embajador designado por Buenos Aires; la constante defensa del régimen venezolano, antes y después de la captura de Nicolás Maduro, así como la no condena al régimen nicaragüense tras la cancelación de la jornada electoral.

En otros momentos de intervencionismo estadounidense, incluso cuando México distaba ideológicamente de gobiernos militares o de derecha en la región, el aparato diplomático mexicano contaba con una enorme cantidad de herramientas que utilizaba para navegar las tensiones internacionales bajo la bandera de la no alineación, a pesar de que en efecto, se movía entre ambos bandos. Se dialogaba con todos sin depender de nadie.

Hoy, contrario a lo que pudiera parecer, el problema no es que México esté alineado o no con la tendencia regional y global, es que ha prescindido de aquellas herramientas que le permitían camuflarse y tener voz en ambas trincheras, como solía hacerlo: con eficacia y autoridad. Participa, sí, pero tan erráticamente, que provoca rechazo o desconfianza en ambos campamentos.

Lo que la administración actual no ha entendido es que necesita una visión post-2028, es decir, que trascienda la administración Trump. Más allá de qué partido gane la próxima elección presidencial estadounidense, la tendencia de endurecimiento de las derechas en el continente no se revertirá por un solo resultado electoral.

Hoy, esa derecha tiene un liderazgo mediático y ruidoso que mañana podría ser sucedido por alguien de su mismo corte, o peor. ¿Estará México listo para navegar esas aguas turbulentas, Sin una red de aliados ni una caja de herramientas adecuada, o quedará al garete?

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